La noche y los ratos de asueto, pocos, que tengo a altas horas de la madrugada son los que más sacan de mí la vena escritora. Son esas noches en vela sin nada mejor que hacer, aunque muerto de sueño, en las que uno le da rienda suelta a su prosa.
Escribir parece una vía de escape. Un modo de contar eso que no se puede contar a la gente porque no tienes tiempo de madurarlo bien en la acción de una conversación y que tampoco puedes plasmar en una red social, por el hecho de que expondrías tus entrañas al mercadeo común de chismorreos y correrías el riesgo de que, algún gilipollas que pone su ojo más en lo que hacen los demás que en lo que él mismo deja de hacer, te llamara sin venir a cuento al orden por escribir según qué cosas y con qué frecuencia en esos medios. Como si hubiera un límite prefijado o mi actividad fuera nociva para la salud mental del colectivo...
No tiendo a reprimirme a la hora de expresar mis sentimientos, en ningún medio. Ni en vivo y en directo, ni tecleando. Suelo ser incapaz de contener la necesidad de expresar mi opinión. Me considero extraño en ese aspecto. La gente, por lo general, prefiere vivir cómoda al abrigo del colchón que le supone el evitarse algún que otro lance por decir lo que piensa. Por otro lado, hay veces que, por no dejar de satisfacer a según qué personas hago cosas que, por otras a quién debería satisfacer de por vida como agradecimiento a su comportamiento hacia mí, no hago. Es algo que en el momento hago con una voluntad a medias. No me importa hacerlo, pero dentro de mí hay una voz que dice "no seas imbécil, no lo hagas, esa persona no lo haría por ti". Y al final lo acabo haciendo...Y me siento como la voz dentro de mí me decía que no fuera: Imbécil profundo.
Así pues, me siento con un déficit importante en el discurso fundamental de mi vida. Postulo y defiendo la claridad y transparencia en lo relativo a mis sentimientos. Pero en ocasiones actúo sin esa valentía que en otras ocasiones demuestro a la hora de dar una opinión. Sesgado por vaya usted a saber qué motivo, pero a fin de cuentas sin ser yo, o mi "yo original".
Ahora mismo es uno de esos momentos. Mi voz interna me pide descansar, pero yo no soy capaz de dejar de escribir con alevosía y nocturnidad. Dando pie a que los regidores de vidas ajenas tengan un motivo más para llamarme la atención por escribir de más, en horario inadecuado y con frecuencia excesiva.
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